las mujeres frías. II
soy una desnuda
soy una cama que espera
soy una garza
soy el cuerpo de una mujer
de éste lado de mí el terror es apenas
una mano que asiste a mi ruptura
y la belleza es ese despertar bajo la mano bajo la ruptura
y nombrarme otra vez
como si no recordara nada
mi intimidad es la última patria
.
las mujeres frías. I
tengo esa manía de construír puentes entre un vacío y otro
para casar pordioseros debajo y en el interior
estoy desvariando
tengo una jaula en vez de manos
y en el interior los pájaros
éste es mi cuerpo
feliz y partido
en la noche de todas las mujeres y todas las violadas
con éste cuerpo cruzo el puente
y con éste cuerpo me caso debajo y en el interior
mirame por fin
vincular mi cuerpo con todas las voces oprimidas
.
Nos conocimos en las circunstancias debidas, a la hora correcta, en el lugar indicado. El error pasaba por otro lado. Yo leía a Girondo, ella escuchaba a Ives. No entendíamos nada. Yo todavía creía que la infancia era un valor, hasta que Boris Vian… Ella había decidido ser una nena ciega para conocer el mundo que no se veía y dejarse llevar por la nariz, la oreja, las manos y pasar su lengua por todos lados. Hizo un comentario sobre mi perfume y no comprendí su mueca porque, fiel reflejo de sus ojos, homenaje al abismo y a la mujer, todo en ella era incomprensible. Nos entendimos muy bien al decir oscuridad, al escuchar la palabra “prostituta” en la boca del otro y decidimos que estábamos hechos uno de ciudad y el otro de vagabundeo. Decidimos empezar por el final y hacernos todo el mal a nuestro alcance. Armábamos frases con sujeto tácito, involucramos extrañas historias de países ajenos, nos alejamos hasta sentir la muerte del otro, comprender el valor fe lo que negábamos y ver la deformidad con que nos habíamos dejado. Luego de eso nos enamoramos. Yo la sabía fea, sabía lo hija de puta que había sido con nosotros y la había hecho conocer mi desprecio y mi indiferencia. Asumimos otra vez la ciudad y el vagabundeo, conocimos hoteles de Constitución y Flores, nos dejamos reír recordando las atrocidades y regalándonos collares y momentos, nos descubrimos como peces, como hábitat artificial de un secreto y nos dijimos que no queríamos la felicidad. Ni siquiera intentamos superar los problemas e inseguridades. Apilamos pesadillas en los bidets y bañeras de esos hoteles y seguimos adelante. Luego de ese final todavía reciente ella me había tomado la suficiente desconfianza como para preferir mirarme dormir a dormir conmigo. Una noche dijo: “nunca me vas a tener”, con voz alegre y sofoclesiana. No tardamos en decir la palabra amor como si la hubiéramos levantado del suelo, concientes de no haberla tirado nosotros. El sexo era nuestra forma pasiva de amarnos; el compromiso, la forma activa de dañarnos; la distancia era nuestro cuerpo. Pero también eso fue una decisión y una promesa que se rompió cuando la tercera vida se asomó por el pupo de ella y ya no supimos nombrarnos. Pero sabíamos que sería Cecilia y nos decidimos (una vez más) adultos y hermosos y todos los adjetivos que negaran el concepto, compramos una casita alejada pensando en un pasaje donde pudiera jugar a las siete de la tarde del verano. La gente nos veía sonreír con el corazón y creímos que nos acercábamos a esa pesadilla que creímos abandonada de un hotel de Bernal. Entonces vino el aborto y yo me asusté con un alivio íntimo y secreto. La fragilidad de Solange era tal que no creía saber cómo contenerla. Y volvimos solos otra vez a la casita de Floresta, con los ojos hinchados y pies descalzos de lluvia. En una noche cualquiera decidimos (otra vez, como si fuéramos dueños de algo) que ese embarazo había sido el error de nuestro encuentro, que la que no había nacido no iba a ser Cecilia y que estábamos mejor solos, conviviendo en esa distancia que cada vez se disolvía más hasta vernos en una habitación redonda buscando con desesperación la esquina, buscando la ventana de la tumba (pero decir tumba es demasiado) y siguiendo las huellas del otro como si fueran las propias. En un gesto de sinceridad que surgió de ella, nos reconocimos felices. Aquella noche dijo: “salud, dinero y amor”. Pero todavía sin ser adultos, bromistas, conocedores de las costumbres y mañas del otro y las de los dos, pero todavía autonautas de esa casita de Floresta, de ese barrio, de ese lunes martes miércoles jueves viernes sábado domingo horizontal y absurdo. Hasta que nos mudamos acá cuando nació Luciana.
.
lo que se agota no es mi vida, sino mi humanidad
alzo la mano en contra de toda ley natural y de supervivencia, en contra de todo instinto humano de preservación de la vida, y la dejo caer, como una daga con el peso de todas las vidas que me tocaron vivir, sobre mi pecho tan desnudo como si estuviera mostrado en televisión.
estoy escribiendo una canción que se canta con los pulmones llenos de agua
ella vive en una guerra invisible.
las manos en África. entre balcones abiertos al suicidio y una noche que las contiene a todas:
la noche en que fue virgen
la noche en que fue el abandono
la noche en que fue el color de una tumba
la noche en que fue una nube de cocaína
la noche en que se refugió en la tormenta
la noche en que tocó un cuerpo que la nombraba
la noche en que tocó el piano
la noche en que no supo hablar
la noche en que escribió el poema
la noche del bar
el día en que murió
la noche del vino y el alfiler
la noche anterior
la noche de las carcajadas
la noche en que el susurro vino de otro lado
la noche en que no hubo llanto
la noche
la noche de manos que se apiadaron
la noche en el interior de una cámara oscura
la noche del hombre y el antifaz
la noche de todos los árboles vivos
la noche de los molinos petrificados
la noche de las piernas bebiendo de la fuente
la noche del último dolor
la noche que nunca olvidará
la noche en que las llaves cayeron
la noche de las ventanas increíbles
la noche de las voces
la noche en que parecía que no habrían más noches
la noche en que dibujó con los dedos la palabra de su mujer
la noche en que deseó ser ella en otra ciudad
la noche de oriente
la noche en que la vi sonreír
la noche que no se puede escribir
la noche invaluable
la noche de la memoria
la noche en que se soñó como una mantis devorando su propio cuerpo de chica
la noche en que no supo cómo dormir
la noche acompañada
la noche en que lloraron juntas
la noche junto al olor de la sangre
una noche de asco que no se recuerda
la noche en que se vio desde afuera
la noche que perteneció a sus piernas
la noche de las manos tibias y los payasos bondadosos
la noche en que miró otra vez esa fotografía y un cuerpo fue claro
la noche de los pájaros bebiendo su espalda
la noche de mimbre
la noche con un infierno y una música vistiendo
la noche
la noche masticando el río
la noche en viaje interminable y el miedo sobre la luna
la noche sin luna
una noche vacía de descanso y asombros desparramados y libros en silencio y tazas de café frías y los labios morados de besos con siluetas y la memoria amordazada junto a la cama donde yacía una mujer que la observaba y se oía tan profundo entre las paredes el piano y el silencio el inicio y los ojos cerrados solitarios flotantes
la noche que se mostró como la mejilla de una abuela
la noche de bordes deshilachados
la noche en que nos despedimos y leyó eso
la noche de la catástrofe
la noche en que los gusanos comieron de sus pies
la noche en que no supo
la noche apropiada para una palabra
la noche sumisa
la noche interminable
la noche sin fin
la noche eterna
la noche infinita
la noche que fue sólo suya y nadie desembarcó
la noche con nadadores en sus venas
la noche apretando los labios
la noche con su madre
una noche agotada detrás de las estatuas del parque
la noche de la usina
la noche amante de todos los bordes donde el agua toca
la noche donde mueren los lobos del parque y su llanto
la tarde en que te amé sin que lo vieras
la noche en que alcanzó la muerte que escribí para ella
la noche sin cazadores
la noche en que no estuvo
la noche que fuiste
la noche quebrada por dos maderas
la noche de la boca y el río
la noche huída
la noche comprendiendo la noche comprendiendo el inestable poder de las manos escribiendo la desesperación inadjetivable que vive como una mujer feliz donde ya no quedan cuerpos
la noche del camino y las panteras
la noche del bestiario sexual y el techo deviniendo
la noche culpable
la noche siempre
la noche conquistada por los sabuesos
la noche ausente
la noche llena de gritos que se elevaron con globos hasta vaciarla
la noche en que se concretó una catástrofe prometida
la noche del hombre de los ojos brillantes y los dedos de hierro
la noche ejecutando conciertos disparatados
la noche bajo el parque y al abrigo de los lobos
la noche de los caníbales y los nacimientos
la noche entre los dedos
la noche ciega y el cuerpo abierto a una vida insólita
la noche escupida por una muerte y una nena
la noche del vientre de araucaria
la noche vaciando fotografías
la noche enredada en el cordón de la vereda
la noche escrita para ser ésta muerte que te otorgo como un amor sin mundo
la noche en que comprendió
la noche encerrada bajo el árbol bajo los grillos desobedientes
la noche entera cabe en ese bar a esa hora en que ella
la noche mordida por la boca de la ruptura
la noche estampada en su frente como bandera de un veterano de guerra
la noche en que se escaparon las estatuas
la noche de África
la noche ente los estallidos
la noche consumida por las flores
la noche en una línea
la noche tranquila mirando los aviones en llamas
la noche en que su nuca fue atravesada por el tren
la noche de sus manos sintiendo el vino derramarse del cuerpo de él
la noche perdida entre las calles y sus muñecas trazadas en un mapa de
la noche solapada por su grito
la noche que ya no es posible escribir
la noche en que escribo todas las noches imposibles de una vida secreta. una vida perteneciente al otro lado. una vida que se roza todo el tiempo con la insinuación de final. herida en lo bajo de su espalda por el amor. imposible promesa que atraviesa las bocas de todos los huéspedes del británico y todos los muertos del británico y todos los juegos destruidos y los fracasos tan coloridos y un tablero de ajedrez superpoblado. semejante a un bosque de dioses petrificados y hombres que escaparon de la boca de ella petrificados y cuerpos de fotografía que ahuyentó ella petrificados y tantos instantes petrificados
sola en su balcón
en el último acantilado en el borde del mundo
los lobos obedecen a su respiración. asesinan al ritmo de su respiración
una ciudad herida por su mirada
( se agota la humanidad )
mis confesiones son éstas:
no me gusta ser yo
no me gusta vivir
no me gusta respirar
no me gusta tocar
no me gusta degustar
no me gusta caminar
no me gusta dormir
no me gusta hablar
no me gusta escuchar
no me gusta acompañar
no me gusta amar
no me gusta cojer
no me gusta eyacular
no me gusta despertar
no me gusta salir
no me gusta gozar
no me gusta acariciar
no me gusta masturbarme
no me gusta imaginar
no me gusta toda esta sangre llenando y recorriendo mi cuerpo siempre buscando salir por donde no hay puerta canilla u ojos
mi cuerpo es un mapa disonante. es una denuncia contra todo lo humano y es una oda a todo lo humano.
( sin espacio para más huecos )
polisombría
-a mi me pasa de creer que estuve muerto durante algunos años, y nadie se dio cuenta. revivo y vuelvo y me hablan desde la última frase dicha antes de morir
-yo de hecho morí. pero jamás me enteré y seguí viviendo comosi hubiese muerto y no me haya dado cuenta
-a veces siento que volví de estar perdido muchìsimo tiempo. y sé exactamente adónde estuve. pero al llegar aquí, al estar frente a mí, me pregunto a mí mismo "¿ qué te pasó todo este tiempo ?"
-y vos te contestás que...
-...no. pero veo las cosas como si hubiese atravesado algo tan terrible que agota las ganas de hablar
-yo de hecho me fui. dejé a mis hijos y a mi mujer. no sé cuándo, no sé cuándo, ni donde. ojalá me estén esperando
-a mí me abandonó...
-¿ él ?
-no... no recuerdo si fue mi papá o mi mamá. esperé mucho tiempo ahí sentado. una señora de labios rojos y rouge en los dientes me hizo compoañía hasta que se dio cuenta de que me habían abandonado. entonces se fue
.
la espalda marmórea de Greta empapada de claridad
las manos de Greta al 700 de la calle Mandisolvi
el pelo de Greta a las tres menos cuarto de la tarde
la silueta de Greta en un reloj de arena
el simple mentón de Greta
las piernas de Greta caminando mientras duerme
la nuca de Greta cuando Greta está sentada en el inodoro
toda Greta levantando una hoja seca del cordón de la vereda
los ojos de Greta cuando duerme en el colectivo
los párpados de Greta al ser besada
Greta
las fosas nasales de Greta cuando dice su nombre
un mechón de pelo de Greta en el almuerzo
las rodillas de la Greta que se hamaca y de la Greta que cae
los párpados de Greta
el tren en Greta
Greta desnuda invisible
los ojos de Greta mirando a Greta en el espejo
fragmento
( jueves )
caminé en las sombras como hijo réprobo del Cristo Amarillo
fui seducido por todo lo que estaba hecho de piedra y era inmóvil en el silencio vil
fui despojado del arrepentimiento
atravesé como un balazo las guerras del silencio.
atravesé 700 años de mí como una invisibilidad que
pierde su nombre en la cama de una mujer
de 700 años es la vejez en el interior de mi pecho
he visto a los habitantes de mí suplicantes añorando la desaparición
he visto a mis mujeres cabalgar fantasmas hacia la muerte
vi a mis niños renacer del polvo y los huesos conocí los ojos de todos llenos de llamas y obsidiana.
hundidos en poetróleo. todos ojos canívales de un corazón en la cara de una estatua de cenizas
caminé entre ellos como huérfano
caminé con ellos como mi propio hijo
los deshice en el sexo como padre. y como madrte alimenté el espanto de la adolescencia. el de la espera. y el del abandono
siento una vejez de la palabra amor que me arrastra a la contemplación del horizonte y los árboles. convertido en tiempo. veterano de mí
mentiría si dijese que conozco todos tus peligros.
conozco los míos. mi cuerpo de barco temeroso. barco de cenizas sosteniendo el océano para dejarme verte por primera vez desde la muerte
se hace de noche y yo siento el hundimiento del mundo.
( madrugada )
camino las calles como el que fui antes de vos.
les pido una bendición a los mendigos y que me concedan todos los instantes en que vos sos sin vos.
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dice él ( con voz de café ):
habría que ver dónde dejé mi espalda. dónde olvidé mi espalda.
tengo una voz en off que me recuerda esa carencia. ahora no puedo sostener ningún globo terraqueo, ningún niño de vecina, ninguna mochila para andar.
dice ella ( con la voz de él ):
lo que me da miedo es cambiar. ¿ a vos te da miedo cambiar ?. la verdad es que cada vez que me miro reflejada en un charco, soy otra. entonces vuelvo corriendo a casa y trato de retratarme antes de que mi mirada cambie de color otra vez. y mientras trazo las líneas de una boca de pez y acantilado, de repente la mano se me vuelve loca y empiezo a dibujar unos labios de señora y nieve. no me soporto. menstruar me duele en la femenididad. ¿ sabés ? ( dice, sonriendo como actriz de teatro que se hace la nena )... cuando era nena y mis papás gritaban mucho yo me iba a un arbolito en la esquina y me trepaba a leer cuentos...
( lentamente su expresión empieza a cambiar )
...pero es que cada página se convierte en un dedo, una costilla una pestaña una forma de mirar una forma de tocar una piedra. mis piernas se vuelven un mapa de palabras escritas por un hombre que me toca desde un lugar en 1934. y vos decís espalda y la mía es esa hoja donde se escriben las dedicatorias. ¿ querés dedicarme a mí ? y después tengo cara de polifonía y ojos de caligrama y así, me va invadiendo. viola mi memoria y me convierte en ese libro. ¿ te acordás cuando fui Eisejuaz ? ¿ te acordás cuando hablaba el lenguaje de los de Minas Altas ? acordate de aquella noche en que vos me buscabas abajo de la cama y yo te miraba desde un velador. porque no me acuerdo qué habíamos leído, y yo era una pintura de Magritte y vos su título.
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Flora se enrieda en las hamacas
-versión (auto)censurada-
caminaste la calle que no vas a nombrar. encendiste un cigarrillo porque caminar esa calle era caminar un cigarrillo gris que tan lentamente te fumaba los ojos. casi resbalando como una gota que cae, el borde de
caminaste la plaza sigilosamente. diste algunas vueltas en puntas de pie. te escondías detrás del humo. y la viste Flora se hamacaba sin sonreír
la viste tan nítida como un sueño. rodeada o no de otras tantas distancias como personas o lilas sin cara. y desconocías a cada una
pero viste a Flora y ella estaba en una noche que vos no, que no alcanzabas desde tu mediodía inservible y su vaivén empedernido, casi lujurioso de la hamaca, y su figura gris revuelta llena de madrugada ocupando todas las hamacas. ella jamás te hubiese visto, jamás hubiese seguido tus pasos hacia abajo de la cosmopista. Flora no compartía tus pájaros pero vos te comías los de ella con impunidad
¡ oh, intruso, y no sabías dónde estabas parado !
tuviste que darle la espalda a lo ajeno Flora, Flora y sus perturbados, casi casi ignorar tu amor de la adolescencia y caminar la calle pintada por él o por ella para que no la nombres y reconozcas el centro comunitario, trinchera de lucha y su muro amarillo escupido rasgado resguardando, que decía algo que ya sabías y atesorabas en tu orgullo turbado y añejo:
...pero nuestra derrota es mejor
nada de lo que hicimos se pierde
no pudiste o no te atreviste a imaginar los ojos que habían leído escupido resguardado los muros del centro tantas veces antes que vos, incluso, quizá, los de Flora.
todo te era ajeno y no pertenecías a nada
tu camino era un recuerdo nítido sin palabras. la avenida tan llena de voces no se abría a vos como se había abierto al cielo la primera vez que la caminaste, desde la plaza llena de lluvia
y tus pasos eran ladrones entre dos pares de ojo. Flora y Alejandra. escribiéndote sin intención ni conocimiento, sin sentido, apenas arrastrándote
.
la estigma de Geneve
tal vez porque soy de las pocas personas ( acaso la única ) que llegue a acercarse tanto a la comprensión de al menos una de tus palabras ( tu nombre ). y después apenas podrás verme embebido en una mata de insaluble y tabaco y olores que jamás habría reconocido de no haberme maltratado tanto antes de tocarte la primera vez ( la primera vez, digo, fue la última: justo antes de que mi mano se convirtiera en el muñón de un retrasado ).
te fuiste. abandonaste mis seguridades y mis miradas sobre vos caían bajo otro infierno tan silencioso que daba escalosfríos en las piedras
apenas me abandonaste donde no sabías qué iba a hacer
podías alcanzarme en cualquier momento, susurran una grosería o alzar la pierna con la que lastimás el camino y listo.
pero no lo hiciste. contemplaste mi deambulan sin verme
callada
con los ojos tan abiertos sobre mí
querias dejarme sufrir,
dijiste.
.
-el síntoma de la pendeja piélaga-
.
pero,
-mirá
dice ella. señala un grupo de hamacas. están vacías. se mueven con voces que cacarean pero desde abajo.
-cuando te vi- le digo- por un instante pensé que eras lo que andábamos buscando
las hamacas se mueven disonantes. ella las sigue con la mirada. péndulos barriendo los restos de fantasmas en la plaza. apenas la pierdo en esa limpieza trágica. pero no puedo tocarla, como para agarrarla y traerla del otro lado del arenero. el vaivén que dibuja siluetas unicelulares resulta un encanto que concuerda con su nombre. pero apenas
-ahora estás tan lejos de la vida que pensé para vos
las hamacas entran en sus ojos como lagañas ajenas. y en sus pupilas las sombras de radiografía pretenden escapar a su absorción con los mismos gestos con que yo me dejé atrapar por su absorción. creo que nunca más va a contestarme
II
-hay puertas que no llegás a ver
-como el olor a jabón. me siento tan culpable
ella:
-no
yo:
-es inevitable,
no puedo acompañarte en esta travesía. mientras yo planeaba alguna vida alimentada por el asesinato y la caridad, vos estabas ahí, viviendo ( bueno, es una palabra ). te llenabas los ojos como si fueran globos terráqueos. y me espanta verlos tan llenos cuando estaban tan vacíos. y no poder hacer nada si, de repente, a alguna mano o algún pecho en tus ojos se le ocurre sacar un alfiler de gancho
-mis pestañas son ojos del cerdo. y a vos te espanta la superficie de mi peor fondo
-me siento tan culpable. me culpa tanto esta pequeñez. y estás tan lejos, tan inalcanzable. tan inalcanzada. y a la vez sos una burbuja y tocarte nos da miedo. y mirarte me da miedo, porque reflejás de mí como el río en el viento refleja a la ciudad. inexorable como June Millar, no puedo levantar mi voz hasta tu garganta. no puedo besarte sin antes morir para soportarlo y que después, al separarme, abrir los ojos sea algo legítimo
.